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jueves

Carta a la habitante de los bosques




.......de entre los matojos, despego el ojo.......y te veo, subes con tu risa por entre mis cornisas, esa parte del tejado que voló con la tramontana. Piel azulina de ojos grises, cabellos de elfa. Brotan por tu costado helechos como dendritas que todo lo palpan, mordisco de amistad que cruza el bosque a sus limites, agua reguero cantarín, lustre del imaginario, motivo de los tantos motivos. Te veo.

Las calles suben por tus pantorrillas y se soban amistosas y gatunas, de la rambla a Santa Mónica, gentío disperso, sol que abre y cierra. Tus ojos vagan desde este acá hasta ese allá de escaparates repletos, quioscos derramados, modas dobladas y colores de verano, de paseantes impacientes y sos la paciente más impaciente por atravesar sin molestar, porque tu mirada comprueba que la tarde late en compulsivo movimiento de carencias, en vacíos, en soledades, en la conjura de un sistema que se alimenta gracias al deseo.

Te veo habitante del bosque, acercando el bolso a la silla de la granja (aquella con altillo), sabes que no debes encender el cigarrillo hasta después, porque sino serán dos y sonríes porque tienes más de un circuito cerrado entre las sienes y te permite atender al mundo con esa calidez tan tuya sin delatar tu siempre sorpresa, tu conquista.

Te siento habitante del bosque despejando con la lengua un resquicio de chocolate en tus labios, el aleteo de la nariz filtrando los aromas pastel, dulce café de las granjas, recordaras que llevas el libro y querrás hojearlo y en todo esto pensaras que las distancias son como las moscas que revolotean sin llegar a ningún sitio, que la vida da vueltas.

domingo

La Otra Vida

La conozco creo. Es tan tierna como el caso de algunos insectos; viven un día, no hay relojes, no hay instrucciones, un día.

La verdad de ser un día, la verdad de ser un momento en la línea de los astros. Nace el sol, nace la luna, veinticuatro horas de Ser. Sin más ansia que el de sostener este lápiz, y apropiar de otra razón a las oscuras horas de un relojero.

Debemos afrontar señales, razones que no estimulen las sagradas creencias. No es dios la respuesta, ahora resurge la vieja muerte del mito alterado, conjurando a todo instante vació, a esa levedad que Kundera apunta con toda su insoportable razón de ser, porque hemos cambiado de planeta.

Recolectadas las noches, se atraviesan esparcidas en su significado. Desperdiciada la mariposa, levanta sus primeras olas, el aire le es motivo: Es. Las noches en cambio, concurren a nuestro amparo, a la cueva tribal. Hemos inventado a dios, llevado encima su peso; ahora nos estorba y cuando lo perdemos, el equilibrio se altera y nos movemos torpemente, algo en el esqueleto mágico que falla, algo que no resiste. La sombra de la soledad, la vieja memoria dice que es, otra vez, los rebusques del olvido. Eso que quiere ser y no es, ese propósito de humanidad, derroche de su propia caridad.

Por eso decía, creo, porque será el silencio lo que toca, la afonía de unas líneas dibujándose perfectas a todas las direcciones. Líneas que caminan de la palma de tu mano hacia el horizonte… y, que no suenan.