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miércoles

In memorian




Esa mañana sin hora, fuera del tiempo, gris y preparándose para un aguacero sin fuerza pero que todo lo moja. Esa mañana blanda arropada de un cigarrillo con café, lo situó por encima de lo físico, de lo inmediato, en una dimensión que, aderezada con la música que escuchaba, lo emparentaba con la eternidad, con el infinito.
Detuvo su lectura, y se puso a mirar sin mirar como pasaban las personas con el paraguas ya abierto algunas, otras con paso rápido, echando un vistazo por si se podrían guarecer. La ultima frase leída encajaba con el momento... tres gotas salpicaron en la acera, una premonición...
La eternidad y el infinito, tomaron asiento junto a él. Uno a cada lado, como tres viejos amigos en su banco de la vida, mirando llover. Se nos da una vida, no su sentido y hasta descubrirlo casi es como un arrebato, un soplo. Las gotas hierven sobre la acera resplandeciente en mil colores, se da cuenta que han encendido las luces de la tienda de enfrente. Se ha detenido en su lectura porque leyó premonición y porque las gotas salpicaban casi instantáneamente por el quicio de la puerta del negocio. Una gota, una lluvia más en su vida llena de lluvias. Gotas, y ahora el hermoso ruido del agua desparramándose, y corriendo el desnivel de la calle como un millón de pequeños reptiles. Se acerco a la puerta, dejándoles como dos niños que esperan ansiosos el cuento aprendido.
Algo más que su cuerpo tembló cuando la vio llegar por la calle vacía. Entraron juntos, locuaz silencio de saberlo todo. Por última vez miró su libro, como una mano abierta extendida hacía él.
Llegaba al momento absoluto con la misma sorpresa del primero. Las aguas, el sudor, el centro que se esparce en diminutos hielos eléctricos, omnisciencia de su vida, de su querida vida dejando ser, alejándolo imperturbable como una corriente interna que va arrastrando a todo lo que se interpone, los apegos. La cantidad de belladona había sido suficiente. La eternidad le esperaba ansiosa con su amigo, les vio reír y no tuvo fuerzas, el hielo le cubría ya.
Las gotas de sudor salpicaron sobre el libro cuando golpeo con una parte de su sien. Su ojo, aun no apagado, alcanzo a leer desde un ángulo que la vida no le había enseñado en todos estos años... del final.

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